Llueve. Diluvia. Adentro y afuera. La nostalgia me agarra por los pies y la cabeza no encuentra paz.
Me faltás.
Es imposible no pensarte, es imposible no intentar entender qué hice mal. Sospecho muchas cosas, tengo muchas dudas y ninguna certeza. Si me hubieran dicho que te ibas a ir, si me hubieras dicho que te ibas a ir, si no te hubieras ido... No sé para qué pienso en lo que podría haber pasado y no en lo que realmente pasó, supongo que porque duele, porque lastima, porque no pensé que algo pudiera doler tanto.
La vida se empeñó muchas veces en sacarte de mi lado, vos te
empeñaste muchas veces en irte de mi lado, pero nunca así. No pensé que me
tocara decirte adiós para siempre, no pensé que vos pudieras jamás decirme
adiós. ¡Pero si el amor puede con todo! Exacto. Y ya no hay amor, o eso
dijiste.
Quizás hay otra persona que hoy recibe tus buenos días y tu
sonrisa, ese paisaje increíble que va a ser para siempre mi favorito. Quizás
esa persona te escucha, te apoya, te entiende, como no supe hacerlo yo este último tiempo. Lo que
no creo es que esa persona te piense, te ame y te escriba como te escribí yo.
Fuiste la inspiración de mi vida. Si tan solo me hubieras avisado a tiempo que
ya no eras feliz, habría removido cielo y tierra por ayudarte, por ayudarnos.
La lluvia no merma, las palabras menos. Es una catarata que
brota del cielo, de mis dedos, y de mis ojos. Dicen que el llanto purifica, si
eso fuera cierto estaría convertida en santa y me estarían prendiendo velas en
los altares de todo el mundo, en esos altares que hace no tanto visitamos
juntos.
Desde el primer día me aseguré de escribirte, de que
supieras que cada palabra era para vos, de que sin importar cómo, cuándo y dónde
estuvieras, si entrabas a este espacio tuvieras un pedacito de mi para llevarte
y un lugar donde reafirmar cuánto te amo y desde cuándo.
Te dije “para siempre” y no mentí. Hace días que lo único
que hago es revisar mis errores y buscar soluciones, porque el amor no se va de
un día para el otro. Encontré mil razones por las cuales podrías haberme
dejado: la casa, el humor, la salud, la vida compartida. Transmuté a tu cuerpo
y me odié, me detesté, sentí en carne viva la tortura a la cual venías sometido
y a tus silencios. Me encontré tirando solo de un carro que no avanzaba para
ningún lado. Me choqué con una pared impenetrable y otra vez, rompí a llorar.
Volví a mí, porque no aguantaba más ser vos.
No creo que esto te llegue nunca, no pienso enviártelo, y no
vas a volver a este espacio a buscarlo. Nada que venga de mi te interesa ya, lo
dejaste en claro, tengo que respetarlo.
Dejé de ser tu compañera, dejé de apoyarte, dejé de ser
sostén y hogar, dejé de ser tu espacio seguro, dejé de escribirte e hice que te
olvidaras de todo lo que me generás y cuánto te amo. Y no te quejaste, no
avisaste, no diste indicios. Simplemente cerraste tu corazón y me dejaste
afuera para siempre.
Me arrepiento de todo, pero de lo que más de arrepiento es
de haber dejado de escribirte. Si algún día volvés por acá, a tu casa, tu
hogar, tu sostén y espacio seguro, espero que vuelvas a estas páginas y
encuentres esto. Y sepas que ahora sí, voy a tener que dejar de escribirte,
porque así lo quisiste, porque cerraste una puerta, pero yo te dejo la ventana
abierta para siempre, porque mi alma y mi corazón van a quedar detenidas en
estas páginas hasta que vuelvas.
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